Jacqueline Roque fue la segunda mujer de Pablo Picasso y una de sus musas. ¡Ven a conocer su historia con nuestro Tour Gratis Málaga!

 

 

«Soy Jacqueline Roque. Viví junto a Picasso 18 años. El murió en mis brazos. Me llamaron enfermera, esclava y carcelera. Fui su mujer».

 

Picasso dijo una vez que no se ama a Venus, sino a una mujer. También dijo en sus últimos años, incluso Picasso dijo una vez que no se ama a Venus, sino a una mujer. También dijo en sus últimos años, incluso después de haber pintado la prodigiosa serie ‘El pintor y su modelo’, que no se había enamorado nunca. Sin embargo, una vez más se dejó vencer por otra mujer joven. Jacqueline Roque tenía entonces 27 años. La separaban de él, 47. Casi medio siglo. Era menuda, más baja que Picasso (1,50 cm) y Picasso 1,63 cm.

 

Siempre acicalada, rigurosa, abnegada y ciertamente estaba dispuesta a convertirse en la secretaria, mensajera, enfermera, amante, ama de llaves e incluso esclava y carcelera del pintor. Cuando éste acepto vivir con ella, anunció: «Has entrado en sacerdocio. Me llamarás monseñor”. Y así fue. Jacqueline enjabonaba el cuerpo de Pablo a la hora del baño, le contemplaba durante su trabajo aunque cayera la
madrugada y ella se durmiera en la silla. Al igual que las anteriores mujeres hizo de modelo una y otra vez.

 

Matrimonio y suicidio de Jacqueline Roque

 

Se casarían más tarde, en marzo de 1961, seis años después de la muerte de Olga Koklova, la primera esposa legal del pintor que nunca le dio el divorcio y cuando él cumple los 80. Para entonces habían vivido juntos siete años en ‘La Californie’, una casa enorme situada en el monte por encima de Cannes. Allí intentó Jacqueline, incluso con excesivo celo, guardar al pintor del calor de sus amigos y de la
curiosidad de sus admiradores.

 

Jacqueline Roque se suicidó el 15 de octubre de 1986 en Mougins, en Notre Dame da Vie, la casa de la Costa Azul en la que había vivido los últimos años, con y sin Picasso. Algunos biógrafos identifican este suicidio con el ritual de las viudas hindúes que se arrojan a la pira junto al cadáver de su marido. Pero parece más convincente otra versión. Después de superar los problemas de la herencia y todo lo que le hicieron sufrir los herederos del pintor, fundamentalmente por el comportamiento de ella en el entierro de Picasso, prohibiéndoles la asistencia.

 

Por una temporada se quedó tranquila, pero le faltaba un hombre y ese hombre existía. Se llamaba Frederick Rosiff, el cineasta autor de ‘Morir en Madrid’ y del largometraje documental ‘Pablo Picasso, pintor’, gran amigo de Picasso y por su calvicie muy parecido al pintor. Pero Rosiff no la hizo caso y se fue con otra mujer. Y Jacqueline eso ya no lo pudo superar.

 

 

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